Nariño · 2020
El barniz de Pasto: una resina que se estira con los dientes
La técnica del mopa-mopa depende de un arbusto que crece en el piedemonte amazónico y de un gesto manual que ninguna máquina ha podido reemplazar. Está en la lista de la Unesco desde 2020.
Crónica · 8 min de lectura
Por Ernesto Vallejo · 15 de julio de 2026
Una resina que viene de otro departamento
El oficio más singular de Pasto no empieza en Pasto. Empieza en el piedemonte amazónico, en zonas de Putumayo y del sur del país donde crece el mopa-mopa, un árbol de la familia de las rubiáceas identificado científicamente como Elaeagia pastoensis. De sus yemas foliares se extrae una resina verdosa que, recogida en temporada, viaja hasta los talleres del altiplano nariñense.
Esa dependencia geográfica define el oficio entero. Los barnizadores de Pasto no controlan su materia prima: dependen de recolectores que trabajan a varios días de camino, de la estacionalidad del brote y del estado de los bosques donde la especie crece. Cuando la cosecha es mala, el taller para.
El gesto que no se ha podido mecanizar
La resina llega en terrones duros e impuros. El proceso comienza por limpiarla: se hierve, se retiran ramitas, cortezas y tierra, y se obtiene una masa elástica. Luego viene el paso que da su fama a la técnica. Dos personas calientan la masa y la estiran entre las manos y los dientes hasta convertirla en una lámina translúcida, tan delgada que la luz la atraviesa. El estiramiento se hace en frío relativo, con la temperatura justa del cuerpo y de la boca, y exige una fuerza repartida de manera perfectamente pareja: si un extremo cede antes que el otro, la lámina se rompe y hay que empezar de nuevo.
No es folclor decir que se hace con los dientes. Es una descripción técnica. La boca aporta calor húmedo constante y un punto de anclaje que ninguna herramienta ha logrado sustituir con la misma sensibilidad, y por eso los intentos de mecanizar el estirado han fracasado.
Color, corte y aplicación
Antes de estirarse, la resina se tiñe. Históricamente se usaron pigmentos minerales y vegetales; hoy conviven materiales tradicionales y anilinas industriales, y esa convivencia es objeto de debate entre los propios talleres. El resultado son láminas de colores planos y saturados.
Sobre la lámina se dibuja o se calca el diseño y se corta con bisturí, con una precisión que recuerda más a la marquetería que a la pintura. Las piezas cortadas se aplican una sobre otra en capas, calentando la superficie de madera para que la resina se adhiera. El objeto terminado, un cofre, una bandeja, una copa, una caja, queda cubierto por un mosaico de resina que se percibe como una superficie continua y brillante.
Los motivos son un archivo en sí mismos. Hay repertorios de origen prehispánico, hay grutescos y cintas de tradición europea que entraron por la vía colonial, hay flora y fauna del entorno andino y amazónico, y hay incorporaciones recientes. En una misma bandeja pueden convivir tres siglos de referencias visuales.
Una historia larga y documentada
El uso de la resina es anterior a la Conquista. Cronistas y viajeros de los siglos XVI y XVII describieron objetos recubiertos con ella en la región, y durante la Colonia el barniz de Pasto se aplicó a mobiliario y a piezas religiosas y civiles que circularon por el virreinato y llegaron hasta Europa. Colecciones de museos europeos y americanos conservan bargueños y escritorios coloniales barnizados con mopa-mopa, lo que da al oficio una trayectoria documental que pocos saberes artesanales del país pueden mostrar.
En diciembre de 2020, los conocimientos y técnicas asociados al barniz de Pasto mopa-mopa fueron inscritos en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. La postulación colombiana subrayó justamente la cadena completa: recolección en el piedemonte, transporte, elaboración en Nariño.
El problema de fondo
El reconocimiento internacional no resuelve lo que más pesa. El número de talleres activos es reducido y la transmisión ocurre casi siempre dentro de familias, con aprendizajes de años. El acceso a la resina es incierto y depende de la salud de bosques sometidos a presión por deforestación y por cambios en el uso del suelo. Y el precio que el mercado paga por una pieza rara vez refleja las semanas de trabajo que hay detrás.
Quien compra un cofre barnizado en Pasto suele calcular su valor por el tamaño. Sería más justo calcularlo por la cantidad de veces que una lámina se rompió antes de quedar bien.
«La boca aporta un calor húmedo constante que ninguna herramienta ha logrado sustituir con la misma sensibilidad.»
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