Bolívar · 1995
Mompox: una ciudad que aprendió a trabajar el oro como si fuera hilo
En un puerto fluvial que el río dejó atrás sobrevive un oficio de precisión extrema: convertir el metal en alambre finísimo y armar con él una superficie que parece encaje.
Perfil · 8 min de lectura
Por Margarita Solano · 2 de julio de 2026
Un puerto que el río abandonó
Santa Cruz de Mompox fue durante siglos una escala obligada del Magdalena. Por allí subían las mercancías que entraban por Cartagena rumbo al interior del virreinato y bajaba el oro que salía de las minas del sur. Esa condición de aduana y de descanso hizo de la villa un lugar rico, con casas de patios largos, iglesias de torres macizas y una vida comercial intensa.
Luego el río cambió. El brazo de Loba ganó caudal frente al brazo de Mompox y la navegación mayor se desplazó, dejando a la ciudad fuera de la ruta principal. La consecuencia económica fue dura y la consecuencia arquitectónica, paradójica: al no tener con qué modernizarse, Mompox conservó su tejido colonial casi intacto. En 1995 su centro histórico fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.
Entre lo que quedó estaba el oficio de la filigrana.
Convertir el metal en hilo
La filigrana no es una forma de decorar el oro: es una forma de construirlo. El punto de partida es el alambre. Un lingote se estira sucesivamente a través de hileras, placas perforadas con agujeros de diámetro decreciente, hasta obtener un hilo de espesor mínimo. Después, dos de esos hilos se tuercen entre sí y se laminan levemente, de modo que la superficie queda con un dentado regular. Ese hilo torcido es la unidad básica del trabajo.
Con él se hacen dos cosas. Se arman los marcos, hilos más gruesos que definen el contorno de la pieza, y se rellena el interior con espirales, ochos, ondas y volutas doblados con pinzas, uno por uno, y colocados dentro del marco hasta cubrirlo. La pieza en ese momento no está unida: es un conjunto de elementos apoyados unos contra otros por presión.
La unión llega con la soldadura. Se espolvorea una aleación en polvo sobre el conjunto y se aplica calor con soplete hasta el punto exacto en que la soldadura corre y fija todos los contactos a la vez. El margen es estrecho. Un grado de más y el alambre, delgadísimo, se funde y arruina horas de trabajo.
Aretes, aves y cadenas
El repertorio momposino tiene piezas reconocibles. Los aretes de mariposa y de pavo real, con las alas abiertas en filigrana; los pescados articulados, cuyas escamas se mueven; las cadenas de eslabones trabajados a mano; las aves y los ramos. También se producen piezas religiosas y objetos ceremoniales, en una ciudad donde la Semana Santa organiza el calendario y donde los pasos procesionales llevan orfebrería.
El trabajo se hace en talleres pequeños, con frecuencia en la propia casa, y la formación es de taller: se empieza doblando espirales durante meses antes de tocar una pieza completa. Las mujeres tienen un peso importante en las etapas de armado y relleno, que exigen más paciencia que fuerza.
La técnica no es solo colombiana, y eso importa
Conviene decirlo sin rodeos: la filigrana no nació en Mompox. Es una técnica antigua, presente en el Mediterráneo, en el mundo árabe, en la India y en la península ibérica mucho antes de la Conquista, y llegó a América por vía española. Lo que ocurrió en el bajo Magdalena fue un desarrollo local: repertorios propios, un modo particular de armar el hilo y una continuidad de siglos en un mismo lugar, sostenida por familias que se transmitieron el oficio.
Ese matiz no le quita valor. Se lo da, porque explica por qué una técnica mediterránea terminó siendo la marca de identidad de un puerto fluvial del Caribe colombiano.
El taller y sus herramientas
El instrumental de un taller de filigrana es sorprendentemente corto. La hilera para estirar el alambre, un banco de tirar, pinzas de punta fina de varios tamaños, tijeras de joyería, un soplete, una piedra o ladrillo refractario donde se apoya la pieza durante la soldadura, y un recipiente con ácido diluido para el decapado, que retira los óxidos que deja el calor y devuelve al metal su color.
Casi todo el trabajo ocurre en el rango de unos pocos milímetros y se hace sentado, con la pieza apoyada sobre una plancha y las manos sostenidas contra el borde de la mesa para eliminar el temblor. Los talleres se organizan con luz frontal directa y muchos artesanos trabajan hoy con lupa, no por deterioro de la vista sino porque el hilo se ha vuelto más fino de lo que el ojo resuelve con comodidad.
Presiones actuales
El oficio enfrenta problemas concretos. El precio del oro fija el costo de la materia prima y obliga a muchos talleres a trabajar sobre pedido o a migrar a la plata. La competencia de piezas industriales importadas que imitan el aspecto de la filigrana presiona los precios a la baja. Y la intermediación se queda con una parte grande del valor final, de modo que quien arma la pieza recibe poco de lo que paga el comprador.
Hay un dato que suele sorprender a quien visita un taller por primera vez: el tiempo. Un par de aretes de tamaño medio puede tomar varios días de trabajo continuo. Vistos así, los precios de Mompox no son altos. Son bajos.
«La pieza, antes de la soldadura, es un conjunto de elementos que se sostienen solo por presión.»
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