Antioquia · 1930
El telón pintado: cuando el pueblo entero pasaba por el estudio
Antes de la cámara doméstica, retratarse era un acto social con fecha, ropa y escenografía. Los archivos de esos estudios son hoy una de las mejores fuentes sobre la vida colombiana.
Crónica · 8 min de lectura
Por Margarita Solano · 19 de mayo de 2026
El estudio en la esquina de la plaza
Durante buena parte del siglo XX, casi cualquier población colombiana de cierto tamaño tuvo un estudio fotográfico. Solía estar cerca de la plaza, ocupaba un local con luz cenital o una ventana grande orientada de manera conveniente, y organizaba su trabajo alrededor de un mueble, una silla o una columna de utilería, y un telón pintado que servía de fondo.
Ese telón merece atención. Se pintaban paisajes de montaña, balaustradas, cortinajes, jardines con fuentes, a veces automóviles o aviones. Eran fondos genéricos y ambiciosos, deliberadamente ajenos al entorno real de quien se retrataba, y funcionaban como una promesa: en la fotografía uno podía aparecer en un lugar mejor que aquel donde vivía. La antropología visual ha leído esos fondos como documentos de aspiración social, y no le falta razón.
Retratarse era un acontecimiento
La fotografía de estudio se hacía por motivo. Un bautizo, una primera comunión, un matrimonio, la partida de un hijo al servicio militar, la cédula, la despedida antes de un viaje, el retrato del difunto. Cada ocasión traía su protocolo: la ropa mejor, el peinado hecho, los niños peinados con agua, la postura frontal, las manos quietas. La lentitud de las emulsiones y de los procedimientos imponía además una inmovilidad que hoy leemos como solemnidad, y que en buena medida era una necesidad técnica.
El fotógrafo de pueblo era, en consecuencia, una figura pública con un rol social definido. Dirigía la pose, decidía el encuadre, cuidaba el negativo, entregaba las copias en un sobre con el nombre del estudio impreso. Muchos combinaban el trabajo de estudio con la fotografía de eventos, con el retrato para documentos y con el revelado para terceros.
Los archivos que quedaron
De ese trabajo sobreviven fondos documentales de enorme valor. En Medellín, la Biblioteca Pública Piloto conserva un archivo fotográfico patrimonial que reúne colecciones de estudios y fotógrafos de Antioquia y de otras regiones, con cientos de miles de negativos. Allí figuran nombres centrales de la fotografía colombiana de finales del siglo XIX y comienzos del XX, entre ellos Melitón Rodríguez y Benjamín de la Calle, cuyos retratos de ciudadanos de todas las condiciones sociales constituyen hoy una fuente histórica de primer orden.
Otro nombre inevitable es el de Leo Matiz, nacido en Aracataca en 1917, quien pasó del retrato al fotoperiodismo internacional y construyó una obra reconocida fuera del país. Su trayectoria muestra un camino frecuente en la profesión: la formación empieza en el trabajo comercial de estudio y se abre después hacia el reportaje o la fotografía de autor.
Lo que hace valiosos estos archivos no es su calidad artística, aunque muchas piezas la tengan. Es su carácter censal. Un estudio de pueblo retrataba, a lo largo de cuarenta años, a prácticamente todos los habitantes del lugar, sin selección editorial y sin intención documental. El resultado es un registro de la vestimenta, los oficios, las estructuras familiares, la composición étnica y los cambios materiales de una comunidad entera, difícil de obtener por otras vías.
Deterioro y rescate
Muchos de esos fondos se perdieron. Los negativos de vidrio se rompen, los de nitrato se degradan y son inflamables, los acetatos se avinagran, y el cierre de un estudio por muerte del propietario solía terminar con el material en la basura o vendido por el valor de la plata contenida en la emulsión. Programas de recuperación de archivos fotográficos regionales, impulsados por bibliotecas públicas, universidades y entidades culturales, han rescatado parte de ese acervo, lo han estabilizado y lo han digitalizado.
El trabajo es lento y costoso, y depende con frecuencia de que alguien en el pueblo sepa que en un cuarto quedaron unas cajas. Cada rescate de este tipo devuelve al país una porción de memoria que no está en ningún otro documento.
Un modo de mirar que se fue
La fotografía doméstica primero, y el teléfono con cámara después, disolvieron la función del estudio. Retratarse dejó de ser un acontecimiento y pasó a ser un acto continuo y sin peso. Se ganó libertad y se perdió ceremonia, y con la ceremonia se perdió también un tipo de imagen: la que reunía a una familia entera mirando de frente, consciente de que esa placa iba a durar más que ellos.
Quien abre hoy uno de esos archivos encuentra rostros que nadie identifica, posados con dignidad frente a un jardín pintado que nunca existió. Es una escena que dice bastante sobre el país y sobre lo que la gente quería que quedara de sí misma.
«Se ganó libertad y se perdió ceremonia; con la ceremonia se perdió también un tipo de imagen.»
Temas
- fotografia
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- memoria
- retrato
Firma
Editora de fotografía y texto
Piensa cada retrato en palabras antes que en imagen.
