Boyacá · 2024
Los constructores del tiple: doce cuerdas y una caja que hay que adivinar
El instrumento más colombiano de todos se fabrica en talleres pequeños, con maderas escogidas por sonido y no por precio, y con una afinación que le da un timbre que ningún otro cordófono reproduce.
Perfil · 8 min de lectura
Por Ernesto Vallejo · 22 de abril de 2025
Doce cuerdas en cuatro órdenes
El tiple es un cordófono de la familia de la guitarra, más pequeño que ella, con doce cuerdas metálicas agrupadas en cuatro órdenes de tres. Esa disposición es lo que define su carácter. En los tres órdenes agudos, las cuerdas del centro y de los extremos no están afinadas al unísono: las laterales van una octava por encima de la central, de modo que cada pulsación produce simultáneamente dos alturas.
De ahí sale el sonido que se reconoce de inmediato en la música andina colombiana: un timbre metálico, brillante, con una especie de halo que suena por encima de la nota principal. El tiple no fue concebido para hacer melodía sino para acompañar, marcando el ritmo y llenando la armonía, y su repertorio natural es el bambuco, el pasillo, la guabina y el torbellino.
En el trío típico andino ocupa el lugar intermedio: la bandola lleva la melodía, la guitarra sostiene el bajo y el tiple hace el tejido rítmico y armónico del centro.
Boyacá y la tradición del taller
Buena parte de la construcción tradicional de tiples se concentró históricamente en Boyacá, con Chiquinquirá como referencia principal, y también en talleres de Bogotá, del Tolima, del Huila y de Antioquia. Son negocios pequeños, muchas veces de una sola persona o de una familia, donde el mismo artesano corta, cepilla, dobla, encola, monta y afina.
La formación es por ayudantía. Se empieza lijando, se pasa a preparar los aros, luego a los trabajos de fondo y tapa, y se llega al varetaje, la disposición de refuerzos internos que sostienen la tapa armónica, después de años. Un constructor experimentado reconoce por el tacto y por el golpe si una tabla va a sonar antes de haberla trabajado.
Las maderas y por qué importan
La tapa armónica, que es la superficie que vibra, se hace tradicionalmente con maderas blandas de fibra recta y regular, del tipo de los pinos y abetos, capaces de transmitir la vibración con poca pérdida. El fondo y los aros se hacen con maderas duras y densas, que reflejan el sonido hacia adentro en lugar de absorberlo, y en Colombia se han usado especies locales como el cedro, el nogal y el palo de rosa, además de maderas importadas.
El mástil pide una madera estable, que no se tuerza con los cambios de humedad, un problema serio en un país donde un instrumento puede pasar en un día de una sabana fría a un valle caliente. El diapasón y el puente exigen maderas muy duras que resistan el desgaste de los trastes y la presión de las cuerdas.
Aquí aparece un asunto que el oficio ha tenido que enfrentar. Varias de las especies preferidas por su calidad acústica están sujetas a restricciones por su estado de conservación y por regulaciones internacionales sobre comercio de maderas, lo que ha obligado a los constructores a documentar el origen de sus materiales y a experimentar con especies alternativas.
El punto más difícil
Preguntar a un constructor qué parte es la más complicada suele producir la misma respuesta: el varetaje y el ajuste de la tapa. La tapa debe ser lo bastante delgada para vibrar con libertad y lo bastante reforzada para no ceder ante la tensión de doce cuerdas metálicas. Ese equilibrio no se resuelve con una medida fija, porque cada tabla tiene su densidad y su rigidez propias, y por eso se ajusta cepillando y escuchando, golpe a golpe, hasta que el material responde.
Es una manera de trabajar que no se transmite por escrito. Se transmite estando al lado de alguien que ya lo sabe hacer.
Un instrumento nacional con producción frágil
El tiple ocupa un lugar simbólico central en el discurso sobre la identidad musical colombiana, y aparece en escudos, en fiestas y en concursos. Esa posición no se traduce en una industria sólida. La demanda es limitada, compite con instrumentos importados de fabricación seriada, y los talleres artesanales sostienen su actividad con un número reducido de instrumentos por año.
Festivales de música andina colombiana han cumplido un papel decisivo al mantener viva la demanda y al fijar estándares de calidad, porque un intérprete exigente presiona hacia arriba a quien construye. Sin ese circuito, el oficio quedaría reducido a la reparación.
Un tiple bien hecho dura décadas y mejora con el uso, a medida que la madera se asienta. Es un objeto que se compra una vez en la vida, y esa es exactamente la razón por la cual quien lo fabrica tiene tan pocos clientes.
«Un constructor experimentado reconoce por el golpe si una tabla va a sonar antes de haberla trabajado.»
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