Cauca · 2010
La marimba de chonta y el río que la sostiene
Entre Guapi, Timbiquí y los esteros del Pacífico sur, un instrumento de madera de palma organiza fiestas, duelos y una economía cultural entera.
Crónica · 9 min de lectura
Por Lucía Perdomo · 3 de octubre de 2025
Un instrumento que solo existe donde crece su madera
El Pacífico colombiano es una franja estrecha entre la cordillera Occidental y el mar, atravesada por ríos caudalosos y cubierta por uno de los bosques húmedos más lluviosos del planeta. En ese paisaje, la comunicación histórica no ha sido por carretera sino por agua: el río es camino, frontera y despensa. Cualquier explicación de la música de marimba que omita esa condición fluvial queda coja, porque el instrumento, los repertorios y las fiestas se organizaron durante siglos siguiendo cuencas, no departamentos.
La marimba de chonta debe su nombre a la palma de chontaduro, cuya madera dura y oscura se emplea para las tablillas percutidas. Debajo de cada tablilla cuelga un resonador de guadua cortado a la medida, y el conjunto se suspende de un marco de madera para que vibre libremente. Se toca con baquetas de caucho natural, y en la formación tradicional del Pacífico sur suele intervenir un ejecutante en los tonos graves, el bordón, y otro en los agudos, el tiple, sobre una base de percusión de cununos, bombos y guasás, con voces de cantadoras que sostienen el texto.
Nada de eso es transportable de forma abstracta. La chonta, la guadua y el caucho vienen del mismo bosque donde se toca. La construcción del instrumento fue durante mucho tiempo un saber emparentado con la carpintería de canoas y la ebanistería fluvial, y en municipios como Guapi, en el Cauca, esa cadena artesanal permanece activa.
Fiestas, arrullos y alabaos
En la costa caucana y nariñense, la música de marimba pertenece a un calendario. Los currulaos, juga y bunde se asocian a la fiesta y al baile; los arrullos acompañan celebraciones religiosas y velorios de niños; los alabaos, cantados sin instrumentos, corresponden al duelo adulto. Se trata de un sistema en el que la música cumple funciones sociales precisas y no es un adorno del tiempo libre. En el Chocó y el norte de la región predominan en cambio las chirimías de vientos, un universo distinto y vecino que conviene no confundir con el del sur.
Las cantadoras ocupan en ese sistema un lugar central. Son ellas quienes conservan los textos, dirigen las respuestas del coro y regulan el desarrollo de una velación o de un arrullo. Buena parte de la transmisión ocurre sin partitura y sin escuela formal, por participación repetida desde la infancia, en patios y casas de tabla sobre pilotes.
Reconocimiento internacional y sus efectos
En 2010 la Unesco inscribió las músicas de marimba y los cantos tradicionales del Pacífico sur de Colombia en la Lista de patrimonio cultural inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguardia; años después, tras verificar avances en los planes de protección, la expresión pasó a la Lista representativa. La declaratoria fue el resultado de un trabajo largo de organizaciones comunitarias, consejos comunitarios de comunidades negras y entidades culturales de Cauca, Nariño y Valle del Cauca, y no de un gesto administrativo aislado.
El reconocimiento trajo recursos, escuelas de música financiadas, giras y grabaciones. También trajo tensiones conocidas: la circulación de la marimba en escenarios urbanos y festivales internacionales genera oportunidades que rara vez se reparten de manera pareja entre quienes viven en las cabeceras y quienes siguen en los ríos. Los debates sobre a quién pertenece el repertorio, cómo se acreditan los saberes y quién recibe los ingresos han sido públicos y siguen abiertos.
El Petronio y la escena urbana
Desde finales de los años noventa, el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, que se celebra en Cali, funcionó como el gran puente entre las cuencas y el país. Nombrado en honor al compositor bonaverense Petronio Álvarez Quiñones, autor de una obra emblemática del repertorio del Pacífico, el festival estableció categorías de competencia, entre ellas la de conjunto de marimba, y convirtió una expresión regional en cita masiva. Para muchos músicos jóvenes, el camino ha sido el inverso al de sus mayores: primero la tarima, después el río.
Ese desplazamiento coincide con otro más duro. Décadas de conflicto armado y de economías ilegales han provocado desplazamientos forzados desde los ríos del Cauca y Nariño hacia Cali, Buenaventura y otras ciudades. Los barrios de acogida se volvieron, sin proponérselo, nuevos territorios de la marimba, y allí surgieron escuelas y agrupaciones que sostienen el repertorio lejos del bosque que le dio origen. Es una continuidad valiosa y a la vez la evidencia de una pérdida.
Lo que se juega
La pregunta que atraviesa hoy la música de marimba no es estética sino material. Depende de que siga habiendo palma de chontaduro y guadua accesibles, de que los constructores tengan relevo, de que las cantadoras mayores puedan enseñar en condiciones dignas y de que quienes viven en las cuencas no tengan que irse. El instrumento es el signo visible de un ecosistema social completo.
Quien haya oído un currulao en su contexto sabe que el sonido de la marimba no se parece a nada más y que su gracia es difícil de traducir. Pero la conclusión que deja el Pacífico no es misteriosa: la música seguirá donde siga siendo posible la vida que la produce.
«El instrumento es apenas la parte visible de un ecosistema social completo.»
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Firma
Editora de regiones
Recorre departamentos buscando trayectorias que nadie escribió.
