Boyacá · 2024
Ráquira: un pueblo cuyo nombre significa lo que hace
En el occidente de Boyacá, la alfarería no es un añadido turístico sino la actividad que organiza el territorio desde antes de la Conquista. El barro está debajo del pueblo y encima de casi todas las casas.
Perfil · 8 min de lectura
Por Margarita Solano · 7 de mayo de 2026
El nombre lo dice
Ráquira queda en el occidente de Boyacá, en un valle seco de suelos arcillosos, a poca distancia de Villa de Leyva y del desierto de la Candelaria. El topónimo proviene de la lengua muisca y se ha traducido como ciudad u olla de barro, una etimología que en este caso no es un adorno: describe exactamente lo que allí se hace.
La alfarería en la zona es anterior a la llegada de los españoles. Los muiscas produjeron cerámica utilitaria y ceremonial en el altiplano cundiboyacense, y el occidente de Boyacá fue uno de los focos de esa producción. La continuidad del oficio a lo largo de la Colonia, la República y el siglo XX no fue un acto de conservación deliberada: fue la respuesta económica lógica de un territorio con arcilla abundante y agricultura difícil.
Dos barros y una mezcla
El material no es uno solo. Los alfareros de la zona trabajan con arcillas de distinta procedencia y color, típicamente una arcilla roja o parda, más grasa y plástica, y una blanca o gris, más magra y refractaria. La proporción de la mezcla define el comportamiento de la pieza en el secado y en la quema, y cada taller guarda su propia fórmula, ajustada por el tacto más que por la balanza.
El barro se extrae de minas cercanas, se deja reposar, se limpia de piedras y raíces, se humedece y se amasa hasta homogeneizarlo. Ese amasado, hecho tradicionalmente con los pies y hoy con frecuencia con máquina, es el paso que decide si la pieza se agrietará después.
Modelado a mano y torno
Conviven dos maneras de dar forma. La tradicional es el modelado manual por urdido, es decir, levantando la pieza con rollos de barro superpuestos que se van uniendo y alisando con la mano y con herramientas simples. Es una técnica lenta, sin torno, heredada de la alfarería prehispánica y practicada históricamente por mujeres en el ámbito doméstico.
La otra es el torno, introducido después y hoy generalizado en los talleres orientados a producción seriada. El torno permite volumen y regularidad; el urdido permite formas que el torno no da, porque no está limitado por la simetría de revolución. En Ráquira se hacen ollas, materas, vajillas, jarras, campanas, y también las figuras que se volvieron su marca comercial: los caballitos, las iglesias en miniatura, los nacimientos.
La quema tradicional se hace en hornos de leña o de carbón, a cielo abierto o de cámara, con curvas de temperatura controladas por el ojo del alfarero. Subir demasiado rápido revienta las piezas; subir demasiado lento consume combustible sin razón.
Los costos que no se ven
Un pueblo que vive del barro paga por ello. La extracción de arcilla deja cicatrices en las laderas y, mal manejada, acelera la erosión de un valle que ya es seco. La quema con leña presiona el bosque nativo, y la quema con carbón, común en la región, deteriora la calidad del aire local. La inhalación prolongada de polvo de sílice en el amasado y el lijado es un riesgo ocupacional documentado en la alfarería en todo el mundo.
Existe además un problema sanitario específico. Algunos esmaltes tradicionales de bajo costo han contenido plomo, que puede migrar a los alimentos en vajillas de uso doméstico. La sustitución por esmaltes sin plomo es una de las transformaciones técnicas más importantes que ha vivido la cerámica utilitaria colombiana en las últimas décadas, y no está terminada en todas partes.
Un oficio de tienda y de taller
Hoy Ráquira combina dos economías. Una es la del taller que produce por encargo y vende a distribuidores y a exportadores. La otra es la de la calle comercial, con almacenes de fachadas pintadas donde se vende cerámica propia y también artesanía traída de otras regiones del país. La segunda sostiene a la primera y al mismo tiempo la vuelve invisible, porque el visitante compra sin distinguir qué se hizo en el pueblo y qué llegó en camión.
Vale la pena hacer esa distinción. Una olla urdida a mano, secada al aire y quemada en horno de leña no se parece en nada a una pieza vaciada en molde, aunque en el estante estén una al lado de la otra y la diferencia de precio sea de unos pocos miles de pesos.
«Ese amasado es el paso que decide si la pieza se agrietará después.»
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