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Rostros de Colombia

La gente detrás del país

La Guajira · 2026

La Guajira teje: geometría, parentesco y economía en el desierto

El tejido wayuu se estudia con frecuencia por sus figuras. Conviene estudiarlo también por su lugar en la organización social y en el ingreso de las familias de la península.

Crónica · 8 min de lectura

Por Margarita Solano · 16 de enero de 2026

Una península de agua escasa

La Guajira colombiana es una península de clima árido, con vegetación de cardones y trupillos, vientos constantes y lluvias breves concentradas en pocas semanas del año. Allí vive el pueblo wayuu, la comunidad indígena más numerosa del país, cuyo territorio se extiende a ambos lados de la frontera con Venezuela y que ha mantenido una movilidad histórica entre los dos Estados. La economía tradicional combina el pastoreo de chivos, la pesca en la costa, la horticultura de temporada y el intercambio comercial, en un medio donde el acceso al agua ha sido siempre el factor determinante.

El tejido pertenece a ese mundo y no puede separarse de él. En la organización social wayuu, matrilineal y estructurada en clanes, las mujeres ocupan posiciones de autoridad doméstica y de gestión, y el tejido ha sido uno de los saberes transmitidos entre generaciones femeninas dentro de esa estructura. La transmisión ocurre en la vida cotidiana y, de manera más intensa, en el período de reclusión formativa por el que atraviesan las jóvenes al llegar a la adolescencia, una etapa dedicada al aprendizaje de saberes prácticos y de las normas de la comunidad.

Kanaas: una geometría con nombres

Los diseños del tejido wayuu se conocen como kanaas. No constituyen decoración arbitraria sino un repertorio con nombres propios, transmitido y reconocible, que remite a elementos del entorno de la península: huellas de animales, formas de plantas, objetos de uso, patrones observados en el paisaje. Cada figura tiene su denominación en wayuunaiki y su ejecución exige un conteo preciso de puntos, de modo que quien teje debe proyectar el patrón completo antes de empezar.

El repertorio se aplica a piezas distintas. Las mochilas de uso diario, tejidas en crochet con hilo industrial, son las más conocidas fuera del territorio. Las mochilas de mayor complejidad, los chinchorros y las hamacas, tejidos en telar y con técnicas de trama que pueden tomar meses, ocupan otro lugar en la escala de valor y de dificultad. Un chinchorro grande con trabajo de flecos y cadenetas es una pieza de escala mayor, y su elaboración puede comprometer el tiempo de una tejedora durante buena parte de un año.

Mercado, precio y asimetría

En las últimas dos décadas la mochila wayuu se convirtió en un producto de circulación nacional e internacional, presente en tiendas de diseño, ferias y plataformas de comercio electrónico. El fenómeno generó ingresos para miles de familias en Uribia, Manaure, Maicao y Riohacha, en una región con indicadores de pobreza y de acceso a agua potable entre los más críticos del país.

También generó una asimetría documentada. Buena parte del margen se queda en la intermediación urbana, mientras el pago por pieza en el territorio no siempre guarda proporción con las semanas de trabajo invertidas. A esto se sumó la aparición de imitaciones fabricadas fuera de la península, con diseños copiados y sin relación alguna con las comunidades. Organizaciones wayuu, entidades públicas y programas de propiedad intelectual han trabajado en marcas colectivas y en mecanismos de protección de los diseños, con avances parciales.

El asunto no es menor ni meramente comercial. Cuando un kanaas se reproduce industrialmente sin vínculo con quien lo heredó, se rompe la relación entre la figura y el sistema de conocimiento que la sostiene, y el objeto queda reducido a superficie.

Contra el exotismo

Existe una manera perezosa de escribir sobre el tejido wayuu que lo presenta como misterio ancestral y detiene ahí el análisis. Es una forma de respeto aparente que en la práctica despolitiza. Las tejedoras de La Guajira son trabajadoras que sostienen hogares en condiciones adversas, que negocian precios, que se organizan en cooperativas, que discuten con compradores y que reclaman al Estado por el agua, la salud infantil y la educación. Su saber es técnico y complejo, no ornamental, y su situación es contemporánea, no arcaica.

La península enfrenta además presiones estructurales: sequías prolongadas, disputas por proyectos extractivos y de energía eólica en territorios de clanes, y una frontera cuya dinámica cambia con la coyuntura venezolana. Todo eso afecta directamente el tiempo disponible para tejer, la circulación de las piezas y la posibilidad de que las jóvenes permanezcan en el territorio.

Lo que permanece

Con todo, la continuidad es notable. El repertorio de kanaas sigue enseñándose, las técnicas de telar siguen practicándose y las piezas de mayor complejidad siguen apareciendo en las ferias regionales, donde son evaluadas por criterios que las propias comunidades manejan con rigor: tensión pareja, remate limpio, exactitud del patrón, resistencia.

Quien compra una mochila en una tienda de ciudad rara vez sabe cuántas horas hay dentro ni qué figura está mirando. Saberlo no encarece la pieza; simplemente le devuelve su tamaño real. Y ese, en la relación entre el país y La Guajira, sería ya un cambio de escala considerable.

«Cuando un diseño se copia sin vínculo con quien lo heredó, el objeto queda reducido a superficie.»

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Temas

  • wayuu
  • guajira
  • tejido
  • artesania

Sobre las fuentes: Elaborado con bibliografía etnográfica publicada sobre el pueblo wayuu, informes de entidades de artesanías y documentación pública sobre protección de diseños tradicionales.

Firma

Margarita Solano

Editora de fotografía y texto

Piensa cada retrato en palabras antes que en imagen.

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