Santander · 2026
La Hoya del Río Suárez y el país que endulza a leña
Colombia es uno de los mayores productores mundiales de panela y el principal consumidor per cápita. Detrás de esa cifra hay miles de trapiches pequeños en las laderas de Santander y Boyacá.
Crónica · 8 min de lectura
Por Lucía Perdomo · 11 de febrero de 2026
Un cañón caliente entre dos mesetas
El río Suárez baja desde la laguna de Fúquene y corta un cañón profundo entre Boyacá y Santander, con laderas empinadas y pisos térmicos que cambian en pocos kilómetros. Ese accidente geográfico creó una franja templada y cálida, con buena insolación y drenaje, que resultó ideal para la caña panelera. La zona, conocida como la Hoya del Río Suárez, con municipios como Vélez, Barbosa, Güepsa, Chitaraque y Moniquirá, es la región panelera más productiva del país.
La panela es el jugo de caña evaporado hasta solidificar, sin refinar y sin separación de mieles. Es azúcar en su forma más simple y más antigua, y su producción exige menos capital que un ingenio azucarero, lo que explica que en Colombia siga siendo una actividad de pequeños productores dispersos y no una industria concentrada.
El trapiche por dentro
Un trapiche panelero es una instalación modesta y una máquina térmica bastante ingeniosa. La caña se corta a machete en la ladera, se transporta hasta el patio y pasa por el molino, un juego de mazas que la exprime y separa el jugo del bagazo. El jugo se conduce a una hornilla, una batería de pailas alineadas sobre un solo hogar de fuego, dispuestas de manera que el calor circule de la más caliente a la más fría antes de salir por la chimenea.
En esa secuencia el jugo se limpia con la ayuda de mucílagos vegetales que arrastran impurezas a la superficie, se evapora en etapas y llega a la paila final convertido en una miel espesa. El punto de la miel es el momento decisivo del proceso y se determina por observación directa: color, olor, comportamiento del hilo al levantarlo con una paleta. Es un juicio adquirido con años de práctica. Alcanzado el punto, la miel se pasa a una batea, se bate para que cristalice y se vierte en moldes, redondos o cuadrados según la costumbre local.
Lo más notable del sistema es su cierre energético. El bagazo, residuo de la molienda, se seca y se usa como combustible de la propia hornilla. Un trapiche bien manejado alimenta su fuego con lo que le sobra de la caña, y eso, en términos contemporáneos, es un diseño de aprovechamiento difícil de mejorar.
Trabajo y organización
La molienda no es tarea de una persona. Reúne cortadores, transportadores, moledores, un hornillero responsable del fuego y un pailero encargado del punto. Tradicionalmente la faena se organiza por jornadas, con horarios largos y turnos que empiezan de madrugada, y en muchas veredas ha funcionado con formas de trabajo recíproco entre familias vecinas.
Es un trabajo duro y con riesgos reales: calor sostenido, exposición al humo, contacto con miel a alta temperatura y maquinaria de molienda que exige precaución permanente. La formalización laboral en el sector es baja y las condiciones varían mucho entre unidades productivas.
Economía y presiones
El sector panelero ocupa a cientos de miles de familias en varios departamentos y cumple una función social relevante en zonas de ladera donde pocas alternativas agrícolas resultan viables. Pero opera bajo presión constante. El precio de la panela fluctúa con fuerza, y los productores pequeños tienen escasa capacidad de negociación frente a la intermediación. Existen además problemas de competencia derivados del uso indebido de azúcar como insumo en la fabricación, práctica prohibida por la regulación sanitaria colombiana y perseguida por las autoridades porque desplaza a los productores legítimos y distorsiona el mercado.
A eso se suma un cambio de hábitos. Durante generaciones la panela fue la base de la agua de panela, bebida cotidiana en todo el país, y del consumo de dulce en el campo. La expansión de las bebidas industriales redujo esa presencia, aunque la panela ha ganado terreno en nichos de alimentación natural y en presentaciones pulverizadas y de exportación.
Modernización sin desmantelar
Los programas de mejoramiento del sector se han concentrado en dos frentes concretos: hornillas más eficientes, que reducen el consumo de combustible y las emisiones, y adecuación sanitaria de los trapiches, con superficies lavables y separación de áreas. No se trata de industrializar el proceso sino de hacerlo más limpio y menos gravoso para quien trabaja frente al fuego.
En la Hoya del Río Suárez el paisaje sigue mostrando la misma imagen: cañaduzales en pendiente, techos de zinc humeando a media mañana y camiones pequeños bajando por caminos angostos con moldes recién cuajados. Es una economía sin espectáculo, montada sobre laderas donde nada más se da con la misma constancia, y que sostiene, sin figurar en las cifras de exportación, una parte considerable de la vida rural colombiana.
«Un trapiche bien manejado alimenta su fuego con lo que le sobra de la caña.»
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Firma
Editora de regiones
Recorre departamentos buscando trayectorias que nadie escribió.
