Cesar · 1968
Valledupar y la larga institución de los juglares
Del acordeón que llegó al valle del río Cesar a la declaratoria internacional: una cronología del vallenato tradicional y de los músicos que lo fijaron.
Cronología · 9 min de lectura
Por Alberto Mendoza · 27 de septiembre de 2025
El valle donde ocurrió
Al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta y de la serranía del Perijá se abre el valle del río Cesar, una llanura ganadera de calor persistente donde se levanta Valledupar. La ciudad fue durante siglos un punto de paso entre la costa y el interior, con haciendas dispersas, caminos largos y poblaciones pequeñas separadas por jornadas de camino. Esa dispersión importa para entender la música que allí se consolidó: el juglar era, entre otras cosas, un portador de noticias que iba de pueblo en pueblo con el instrumento a cuestas.
El acordeón diatónico llegó al Caribe colombiano hacia finales del siglo XIX por vía del comercio marítimo, en un momento en que la región ya contaba con tradiciones de canto y percusión de raíz africana e indígena. Del encuentro entre el acordeón europeo, la caja de origen africano y la guacharaca, instrumento de raspado asociado a la tradición indígena de la zona, salió la formación de tres piezas que sigue definiendo el género. Sobre ella se organizaron cuatro aires: el son, el paseo, el merengue y la puya, cada uno con su compás y su carácter.
Los juglares como oficio
La palabra juglar se aplicó a los músicos que, entre las primeras décadas del siglo XX y mediados de siglo, componían, cantaban y tocaban su propio repertorio, y cuya obra circulaba oralmente antes de existir en disco. Figuras como Alejandro Durán, Emiliano Zuleta Baquero, Rafael Escalona y Leandro Díaz quedaron asociadas a esa etapa, cada uno con un perfil distinto: la fuerza rítmica y la voz grave en un caso, el ingenio de la piqueria en otro, la narración de personajes y lugares en el tercero, la construcción de imágenes poéticas en el cuarto.
Ese repertorio funcionaba como crónica local. Los nombres de fincas, ríos, mujeres, compadres y disputas del valle entraron a las canciones y sobrevivieron en ellas. Cuando la industria discográfica llegó a la región, ya existía un cuerpo de obra estabilizado que solo hubo que grabar.
Del valle al país
La segunda mitad del siglo XX trajo la profesionalización, la difusión radial masiva y una expansión comercial que llevó el vallenato a ser una de las músicas populares dominantes en Colombia. También trajo un debate que no se ha cerrado: la distancia entre el vallenato tradicional, de repertorio y formato reconocibles, y las derivaciones comerciales posteriores, con orquestación ampliada y temática romántica.
Ese debate está en el origen de la institución que hoy organiza la memoria del género. El Festival de la Leyenda Vallenata, creado en 1968 en Valledupar por iniciativa de la gestora cultural Consuelo Araújonoguera, el compositor Rafael Escalona y el político Alfonso López Michelsen, estableció competencias por aires y categorías, con jurados y reglas, y fijó un criterio de ejecución que se volvió referencia. Su figura mayor, el Rey de Reyes, se disputa solo cada cierto número de años entre campeones anteriores.
En 2015 la Unesco inscribió el vallenato tradicional del Caribe colombiano en la Lista de patrimonio cultural inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguardia. La palabra urgente fue deliberada: la candidatura señalaba el riesgo de que el repertorio tradicional y la práctica de la composición oral quedaran desplazados por formatos comerciales, y comprometía al país a un plan de protección.
Lo que queda por resolver
La institucionalización tuvo costos. Un festival con reglas produce ejecutantes técnicamente formidables y, al mismo tiempo, tiende a fijar en un canon lo que antes era práctica viva y variable. Las escuelas de acordeón que funcionan hoy en Valledupar y en municipios del Cesar y La Guajira forman niños con un nivel notable, pero el ejercicio de componer canciones sobre la vida del propio territorio, que era el centro del oficio del juglar, depende de condiciones que ninguna escuela garantiza.
Queda además la cuestión de la autoría femenina y del reconocimiento de las mujeres en un género construido en escenarios masculinos, un tema que ha ganado presencia en los últimos años en la propia programación del festival.
Valledupar sigue siendo el punto de referencia. Cada abril la ciudad se llena, el valle se recalienta y las tarimas se ocupan con la misma formación de tres instrumentos que se armó hace más de un siglo. Que esa continuidad exista no es un dato menor en un país donde tantas prácticas se interrumpieron.
«Un festival con reglas produce ejecutantes formidables y, a la vez, convierte en canon lo que antes era práctica variable.»
Línea de tiempo
1968
Se realiza en Valledupar la primera edición del Festival de la Leyenda Vallenata, impulsado por Consuelo Araújonoguera, Rafael Escalona y Alfonso López Michelsen.
1987
Se disputa una de las ediciones del título de Rey de Reyes, reservado a campeones de años anteriores y considerado la máxima distinción del certamen.
2002
El Congreso de Colombia declara el Festival de la Leyenda Vallenata patrimonio cultural de la nación mediante la Ley 739.
2013
El vallenato tradicional es reconocido como patrimonio cultural inmaterial de la nación en el ámbito nacional, paso previo a la postulación internacional.
2015
La Unesco inscribe el vallenato tradicional del Caribe colombiano en la Lista de patrimonio que requiere medidas urgentes de salvaguardia.
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Retrata al país por sus personas. Cree que un oficio bien contado explica una región entera.
