Chocó · 2024
Werregue: el tejido del San Juan que sostiene el agua
Las mujeres wounaan del bajo San Juan elaboran con fibra de palma piezas de trama tan cerrada que no dejan pasar líquido. Es uno de los tejidos más finos que se producen en Colombia.
Perfil · 8 min de lectura
Por Margarita Solano · 19 de marzo de 2026
Un río y un bosque húmedo
El bajo San Juan corre por el sur del Chocó y desemboca en el Pacífico después de atravesar una de las regiones más lluviosas del planeta. En sus orillas y en las de sus afluentes viven comunidades wounaan, pueblo indígena de la familia lingüística chocó, emparentado con el pueblo embera y asentado a ambos lados de la frontera con Panamá.
De ese bosque proviene la materia prima del oficio. El werregue es una palma espinosa, identificada como Astrocaryum standleyanum, cuyos cogollos, las hojas nuevas aún sin abrir, proporcionan una fibra clara, resistente y flexible. La recolección exige subir a la palma o alcanzar el cogollo con vara, esquivando las espinas del tronco, y es una tarea generalmente masculina.
De la hoja a la hebra
El cogollo se abre, se separan las láminas y se raspan para retirar la epidermis. Luego se rasgan longitudinalmente en tiras cada vez más delgadas, con la uña o con un instrumento simple, hasta obtener hebras finísimas. Ese rasgado es la operación que determina el resultado: mientras más delgada y más pareja sea la hebra, más cerrado y más liso quedará el tejido.
Las hebras se blanquean y se tiñen. Los colores provienen de materiales del entorno, entre ellos cortezas, raíces, hojas y frutos que se hierven con la fibra, y en algunos casos se combinan con tintes comerciales. La paleta tradicional se mueve entre negros, ocres, rojizos, morados y el crudo de la fibra sin teñir.
Tejido en espiral, no en telar
Aquí no hay telar. La técnica es de cestería en rollo o espiral: un alma de fibra vegetal, generalmente de otra especie, se enrolla en espiral ascendente y se recubre y se cose con la hebra de werregue, puntada tras puntada, con una aguja. Cada vuelta se une a la anterior a través de esa costura, y así la pieza va creciendo desde el fondo hacia la boca.
La trama resultante es de una densidad extraordinaria. Las piezas mejor logradas son estancas, es decir, retienen líquido sin filtrarlo, un rendimiento que solo se alcanza cuando la hebra es muy fina y la costura muy apretada. Ese es el criterio con el que se evalúa la calidad dentro de la propia comunidad, y no el tamaño ni la vistosidad.
El diseño se construye contando puntadas. La tejedora decide el color de cada una y las figuras aparecen a medida que la espiral avanza, sin dibujo previo sobre la superficie ni posibilidad de corregir hacia atrás. Un error obliga a descoser vueltas enteras.
Qué dicen las figuras
Los repertorios recogen elementos del entorno y de la cosmovisión wounaan: aves, peces, ranas, serpientes, plantas, figuras humanas esquematizadas, franjas geométricas. Conviene resistir la tentación de leer cada figura como un símbolo cerrado con un significado único. Los estudios etnográficos sobre el tema advierten que el sentido depende del contexto, de la tejedora y de la ocasión, y que la traducción rápida de motivos indígenas a un vocabulario esotérico dice más sobre quien compra que sobre quien teje.
Las piezas más conocidas fuera del Chocó son los jarrones de boca estrecha y cuerpo amplio, pero el repertorio incluye platos, canastos, contenedores con tapa y bastones ceremoniales. El tejido de werregue es una actividad principalmente femenina, y su aprendizaje comienza en la infancia observando a las mujeres mayores de la casa.
El tiempo y el precio
Un jarrón de tamaño medio, con hebra fina y varios colores, puede representar meses de trabajo, distribuidos entre las tareas de la vida diaria en comunidades ribereñas donde el tejido no es la única actividad. Cuando esa pieza llega a una vitrina en Bogotá o al extranjero, el precio final rara vez guarda proporción con el tiempo invertido, y una parte importante del valor queda en la intermediación y el transporte.
A eso se suma la presión sobre el recurso. La palma de werregue no se cultiva de manera extendida: se aprovecha del bosque, y la deforestación, la minería y la ampliación de la frontera agrícola en el litoral del San Juan reducen su disponibilidad. Sin palma no hay hebra, y sin hebra no hay oficio, por muy alta que esté la demanda.
Hay un modo elemental de reconocer una pieza bien hecha, y es el que usan las tejedoras. Se le echa agua.
«Ese es el criterio con el que se evalúa la calidad dentro de la propia comunidad: que la pieza retenga el agua.»
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Editora de fotografía y texto
Piensa cada retrato en palabras antes que en imagen.
